La nube

Un ardor intenso sofocó su pecho esa mañana y la despertó a medias, haciendo que confundiera la realidad con aquello que se alejaba y perdía consistencia. Según le decía el cansancio que advertía en su cuerpo, parecía no haber dormido en días aunque recordaba haberse acostado la noche anterior u alguna noche de la cual tampoco tenía un recuerdo preciso.

El ambiente de la habitación estaba muy denso y no le permitía respirar naturalmente. A pesar de la resistencia del cuerpo y del pensamiento, se incorporó en la cama e intentó abrir sus ojos. Todo parecía costarle el doble de esfuerzo de lo que comúnmente. Aún intentaba abrir sus ojos cuando le llegó a las palmas de sus manos la sensación de estar sobre un material diferente al reconocido y entonces se asustó y reaccionó rápidamente. Ésta reacción súbita le ayudó a observar a su alrededor y reconocer su habitación y los objetos que habitualmente la rodeaban.

Aunque primeramente se sintió perturbada por las imágenes que le llegaban, la incomodidad de su respiración la desenfocó y la obligó a centrarse en tratar de aspirar con fuerza. Pasó un largo rato inhalando y exhalando, una acción en la que debía pensar para poder llevar a cabo.

El cansancio llegó nuevamente y la obligó a volver a recostarse, esta vez sus ojos bien abiertos, enfocados hacia el techo de la habitación, tratando de asimilar la extrañeza de la situación. Se veía material pero carecía de la textura propia de lo material, una mezcla entre la dureza de su consistencia y algo más que no lograba identificar.

Giró su cuello a la derecha, hacia la ventana, enfocándose en la luz que entraba y pudo ver que sucedía lo mismo con la luz. Claridad del sol de la mañana mezclada con algo más, algo mucho más nebuloso que se asomaba. Ciertamente debía estar enferma, pensó, algo no estaba bien.

Intentó recordar lo que había hecho el día anterior y las imágenes lejanas y difusas comenzaron a aparecer, intercalando el pasado con el presente. Una brisa con la frescura que necesitaba para despertar definitivamente empezó a sentirse y se reconfortó ampliamente.

A pesar de reconocer los hechos de sus recuerdos no estaba segura de que fueran totalmente ciertos y hasta sintió que su mente agregaba detalles que jamás habían sucedido como tales. Y otra vez el ardor invadió su pecho aunque mas fuerte aún y provocando náuseas. Al instante, las imágenes se hicieron a un lado disipando la duda acerca de sus recuerdos. Se convenció de que la memoria le jugaba una mala pasada por el malestar que sentía y que sólo debía recomponerse para que todo se clarificara. Luego llegó otra sensación, la del silencio absoluto.

Entonces sí  el temor se hizo presente. No existe el silencio absoluto, es imposible que algo así suceda, se dijo, y con un salto corrió a la ventana pero estaba cerrada. Se asió la frente con ambas manos y quiso decirse que no era cierto, que aún estaba en su sueño, pero su mente insistía en tocar el vidrio. Ni bien apoyó la palma de su mano sobre el mismo, la impresión de la dureza y frialdad del metal llegó a sus sentidos y retiró su mano casi en el mismo segundo en que la había apoyado. Se acercó despacio, con un cierto temor sin saber precisamente a qué, y pudo comprobar que el vidrio ya no era del material que solía ser sino de una especie de pared semitransparente que no le permitía ver más que sombras incoherentes que a nada se parecían con lo que usualmente veía por su ventana. Ya no había exterior.

Entonces, como si no lo hubiera sabido previamente y a la vez lo recordara, en una explosión abrupta y sin sentido alguno, la imagen de su sueño previo al despertar vino a su mente. Había sonado con él. Él diciéndole que aún no era tiempo, que esperara y ella mirándolo sin contestar.

Ese mismo día, en que se despertó pensando en él, decidió mirarse en el espejo profundamente y tomar coraje para contestarle que sí, que tenía razón en todo, que aún no era tiempo pero lo que sucedía en ese sueño desapareció sin darle tiempo a saber que seguía.

Aún así y sin preocuparse demasiado por lo que con su mente sucedía se dispuso a comenzar el día. Tomaría una ducha rápida e iría a hablar con él. Le hablaría con ternura como siempre hacía, con la serenidad que solo él podía hacer que existiese entre ellos, con los gestos bien endulzados propios del amor maduro y que todo lo entiende. Y él la miraría mientras hablaba con los ojos llenos de comprensión, con una sonrisa casi completa y mordiéndose el labio suavemente sobre el lado derecho. Su boca tentadora pidiéndole que la besara la desconcentraría una vez más y ella lucharía por mantener la conversación, intentaría no caer presa de la imprudencia de besarlo y llevaría la charla a su fin, aunque nunca lo hacía. Pero ésta vez lo haría, se prometió.

Cuando reaccionó ya estaba en la ducha, sin su ropa y con la mampara cerrada. Otra vez no recordaba lo que había sucedido anteriormente ni como había llegado allí. Se rascó la sien en un acto reflejo y sin querer detenerse a perder más tiempo, abrió la ducha y dejó correr el agua. Como era de costumbre, cerró los ojos para disfrutar del agua rozándole la piel, de la frescura que se llevaba lo impuro de la noche. Tanto solía aprovechar ese momento para ella que como rutina de purificación del alma no permitía que él se duchara con ella ni entrara al cuarto de baño. Él había aprendido rápidamente a respetar esta manía aunque no la entendía ni pretendía entenderla, cada cual con su locura, le solía decir y ella se sonreía para asentir. Casi siempre estaban de acuerdo en las pequeñeces de la cotidianeidad y eso hacía que se entendieran sin, a veces, entenderse. Y todo esto a pesar de que a él le encantaba pasar horas hablando del mismo tema, dando vueltas para encontrar nuevas respuestas, extrañas teorías y hasta un poco de sinrazón en lo que ya tenía sobradas razones para no ser discutido.

Ella escuchó ruidos fuera y los reconoció. Él siempre se despertaba antes, desayunaba, se vestía y se enteraba del pronóstico del tiempo. Dormir era una obligación más que un placer, en cambio ella sentía que la obligación estaba en levantarse. Irse a dormir era placentero aunque en realidad lo era porque servía de excusa para irse a la cama con él y escucharlo hablar de las cosas que quería que ella supiese, como el tiempo que pasaba haciendo planes para ambos.

A pesar de estar sumergida en estos pensamientos comenzó a darse cuenta de que algo estaba faltando pero no podía determinar qué era exactamente aquello que no encajaba en la escena hasta que su pecho volvió a inflarse en desesperación. Su piel se enfrió violentamente y ese frío pareció anidarse en sus huesos en cuestión de segundos. Las palpitaciones aumentaron tan drásticamente que podría haberse escuchado los latidos rebotando en su corazón pero no los oyó. Solamente oía las palabras en su cabeza que trataban de decir algo que jamás pudieron decir y del terror emergiendo se precipitó fuera de la ducha para mirarse en el espejo. El agua no la había mojado.

Sus ojos no podían despegarse de esos reflejados en el espejo. Eran los mismos en esencia pero no en presencia. Ni su rostro ni su cuerpo se veían igual.

Con una velocidad desconocida se vistió con la misma ropa de cama que llevaba al despertarse y se dirigió a la cocina para contarle a él lo que le estaba pasando.

Lo encontró con los brazos sobre la mesa y la cabeza recostada sobre ellos pero no dormía, era extraño. Su espalda daba pequeños saltos y luego escuchó los quejidos. El sollozo se hizo claro. Entonces ella se acercó muy despacio. Era la primera vez que lo veía llorar. Él no lloraba solo, a veces, se enojaba y resolvía su irritación con quejas que pronto terminaban. Sólo eso y nada más que eso. Pero esta vez, aunque no pudiera reconocerlo por su acción supo que debía tener cautela y no perturbarlo, sólo escucharlo y dejarlo hablar si él quisiera, tal y como él había hecho tantas veces frente a los efluvios de llanto que ella usualmente tenía. La respetaba y no la interrumpía. Dejaba que ella se desahogara y luego la escuchaba para que sirviera de consuelo su silencio y su atención.

Ella se arrimó muy despacio hasta la mesa y se sentó en una silla junto a él. Lo observó un momento casi con ganas de sonreír por el alivio de simplemente tenerlo a su lado y luego sin quererlo comenzó a hablarle;

–          Mi amor, aún no es tiempo. Debiste esperar. Pero igual así nunca te voy a dejar de amar.

Sus palabras no eran vivas, no salían de su boca aunque así lo quiso en un principio. Salían de él y de su llanto acongojado. Ella sólo las repetía en su mente al mismo tiempo que él las pronunciaba.

Y se empezó a alejar sin quererlo envuelta en la textura blanca que la despertó por la mañana, una nube que la sacaba de este mundo y la llevaba hacia otro lugar. Y mientras se iba no dejó de mirarlo ni por un segundo y lágrimas que nunca salieron de sus ojos brotaron en su alma y se despidió sin dejar de mirarlo, de jurarle y asegurarle que ella tampoco podría dejar de amarlo jamás.

La Nube: cuento escrito para Fernando a comienzos de 2009

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