La primera mitad

El pequeño Constantin ya no corría. Su caminata se había convertido en un lento arrastrar de pies y un constante resoplo ante la distancia que aún lo separaba de la casa de su abuela.

Había partido temprano en la mañana para iniciar su primera exploración del verde oliva de los valles de Pisa. Como cada año al llegar el verano, sus padres lo enviaban a casa de su abuela para alejarlo un tiempo del alborotado movimiento de la populosa Florencia y fomentar aquellas buenas costumbres que sólo en los valles eran conservadas.

El lustroso paraje se encontraba no muy lejos de la antigua Volterra, que podía verse arriba en la colina, despuntando altanera como alardeando su innegable grandiosidad.

Para ese entonces Constantin regresaba dando la espalda a la ciudad en la cumbre; debía retornar hacia los valles solitarios para encontrar la casa de su abuela, aislada en punto elevado de otra de las leves colinas que conformaban los valles de Pisa.

No seguiría el zigzagueante camino adornado de cipreses a uno y otro lado, que tan bien conocía y por el cual se desplazaba el resto de los paseantes, sino que cada día buscaría una nueva aventura por entre la vasta soledad, en el descubrimiento de lugares desconocidos, tan diferentes de su ciudad natal.

Constantin, al igual que los niños de su edad, no podía refrenar su curiosidad y aquella cuestión de nuevos hallazgos y sensaciones inexploradas lo llevaba a distanciarse de la casa al punto de tener que marcar el camino de ida para poder conciliar el retorno. Su abuela, a fin de lograr que permaneciera cerca, solía contarle historias de niños perdidos en los traicioneros valles y de extraños de otras tierras que transitaban los valles para llevarle consigo a todos aquellos que luego pudiesen tomar como esclavos; pero él contaba con la suspicacia suficiente para poder volver y con la confianza de saber cuándo huir.  Con cada recorrido por los desconocidos parajes no hacía más que fortalecer su orgullo de explorador y se convencía todavía más de ser un descubridor nato.

Su seguridad, sin embargo, se perdía exactamente en el momento en que debía revertir el andar del camino emprendido. La sensación de estar siendo perseguido en cada paso, observado por ese ente incorpóreo aunque hostigador, surgía tan afanosamente que el niño no podía refrenar la necesidad de correr a toda marcha durante largos tramos hasta agotar el aire en sus pulmones. A pesar de no tener más opción que disminuir la marcha por el agotamiento que producían las carreras, nunca dejaba de sentir la sombra oscura acechando a sus espaldas, recordándole que estaba allí, presente.

Más allá del empeño y la lucha desde las entrañas por no hacerlo, volvía una y otra vez a girar hacia atrás para poder verlo. Hubiera querido controlar el impulso de mirar hacia atrás, no confrontarlo para quizás deshacer la sensación de estar por ser tomado por la espalda y arrastrado hacia ese lugar sin retorno. Y aunque no hubiese nada detrás, nada que sus ojos pudiesen ver, tenía la seguridad que ese otro oscuro estaba a punto de llevárselo consigo de un momento a otro.

Se detuvo unos segundos al encontrar un árbol que lo ampararía del punzante sol del valle. Necesitaba recomponer su respiración luego de la última corrida agitada. Esta vez, se había alejado demasiado y suponía que todo el tiempo que había estado fuera ameritaría una buena reprimenda. Reconocía que su abuela tenía razón en preocuparse. Cuánto hubiera hecho por mantenerlo en la casa de sólo saber aquello que él sabía. Sin embargo, él era un niño y debía conocer el mundo, enorgullecerse de sus hazañas, tener algo nuevo que contar cuando regresase a Florencia, aunque únicamente pudiese contar de su coraje frente a lo indefinible.

Levantó la mirada, parado bajo el frondoso olivo, y logró avistar la casa. Pensó que sólo se trataba de un corto tramo, luego la reprimenda, la comida y más tarde a descansar de la salida de ese día.

Llevaba en su mano una bolsa de tela cosida con algunas raíces que había recolectado para ella, una manera de apaciguar el sermón del buen hombre en que Constantino, como ella lo llamaba, debía convertirse. Los hombres buenos, según le decía, eran aquellos obedientes tanto de los adultos como de las leyes del Padre Supremo, y a tal fin, debía comenzar lo antes posible para no desvirtuarse como aquellos que habitaban la ciudad en la que vivía. Sonrió por el sólo hecho de haberse aprendido sus palabras y saber exactamente qué le esperaba al llegar y cómo solucionarlo.

Un ruido tras de sí lo distrajo de sus pensamientos y lo devolvió a su realidad bajo el viejo olivo. No había nadie a su alrededor, pero reconocer a la presencia que lo perseguía se había vuelto familiar. Su respiración se agitó y con ello su necesidad de salir debajo del árbol y hacerse a un lado; el refugio había dejado de ser seguro.

Un movimiento en el suelo llamó su atención y le hizo dar un salto hacia atrás, tropezando con sus propios pies y cayendo sentado de espaldas, para quedar frente a la sombra de forma humana que se desplazaba rápidamente al unirse con la sombra del árbol hasta desaparecer. La velocidad con la cual el ente negro se movía nunca permitía que lo viera con claridad. Sin embargo, la respiración pesada que parecía estar en todos lados a su alrededor no dejaba de sentirse por largo rato. Era astuto, lo sabía. Lograba mezclarse con la naturaleza en una única imagen, podía volverse aquello que eligiese para pasar inadvertida a los ojos de otros, no los de él.

Luego, el aullido del viento lejano y el árbol acercándose hacia él como si fuese a caerle encima.

Se puso de pie y corrió. Corrió sin parar hasta la casa, sosteniendo con fuerza la bolsa de raíces y obligándose a no creer, a olvidar lo que había visto.

Ingresó a la casa sin hacer ruido, cuidando de no golpear la puerta para no alarmar a su abuela. En ese momento se dio cuenta de lo tanto que extrañaba a sus padres más allá del cariño que la abuela le brindaba. Pensó en las caricias de su madre y las sonrisas de su padre. En su interior, el vacío y la desolación comenzaban a cavar un abismo profundo que sentía no podría tapar.

Recorrió la sala y se dirigió hacia el corredor, observando al interior de cada una de las habitaciones, mientras se asía de las paredes de piedra en un intento por aferrarse a algo que le impidiese ser llevado. Se asomó con cautela a uno de los cuartos donde estaba seguro la encontraría sentada en su silla mecedora.

Se acercó despacio. Ella estaba recostada levemente sobre un lado con su rostro inclinado impidiéndole ver la totalidad de éste. La llamó en un susurro. Ella no respondió. Entonces surgió otra duda, aún más punzante que la primera. ¿Podría éste apropiarse de ella?

Allí estaban, en la misma habitación. No podía huir de ella, tampoco de él. La respiración comenzó a agitársele ante las preguntas: ¿pueden las personas resistírsele? ¿Pueden luchar para que no las absorba? ¿Podía ella negarse ante su presencia? Los ojos se le inundaron en lágrimas frente a la respuesta que venía hacia él con prepotencia.

Se acercó apenas otro poco y tocó su hombro sin decir palabra. Su cabeza pareció revolverse por dentro y sacudirse por fuera. El niño dio un paso hacia atrás y apretó los puños, su mentón temblaba sin control.

Un segundo más tarde ella volteó y lo miró con alegría. Su expresión era extraña, no había en ella intención de sermonearlo.

–       Me encontraba muy lejos de aquí – dijo ella en un balbuceo suave – A veces viajo y en mis viajes tomo formas extrañas.

Constantin sintió que la espalda se le erizaba. Escuchar decir que tomaba formas extrañas era lo mismo que decir que ella podía hacer cosas como las que él hacía, que eran lo mismo, o peor aún, que él estaba en ella.

La abuela lo observó con los ojos entrecerrados como leyendo a la distancia y extendió su mano para llamarlo. Estaba en lo cierto, él necesitaba hacerle una pregunta y por ese motivo interrumpía su viaje. Esperó que las palabras surgiesen espontáneamente de la boca de su nieto pero como eso no sucedía, le pidió que se sentara frente a ella para verlo a la cara mientras hablaban.

–       Sólo dilo, no hay nada que no haya escuchado.

–       Abuela… ¿Por qué tengo tanto miedo a la oscuridad?

Ella asintió frente a la inquietud, parecía reconocer esta molestia y saber de la presencia de este antiguo enemigo. Entonces, posó su mano tapando la mitad izquierda de la cara de su nieto.

–       Ésta es tu otra mitad – le dijo – Tu mitad que no deja que sigas siendo un niño.

Acarició su rostro con amor y una tierna delicadeza, la misma que la caracterizaba y por la que tanto la adoraba.

–       Recuerda siempre tu otra mitad. No eres nada sin ella. Nada…

A pesar de ser aún muy niño para entenderlo supo tomar esas palabras como un consejo cierto, un consejo de experiencia, quizás el mejor que había recibido en toda su vida de niño. Juró no olvidarlo, siempre tenerlo presente.

Ahora, en su vida de adulto no le servía de mucho el gran consejo de su abuela. Se había roto su juramento. Y con ello, también había olvidado su otra mitad, su mitad de niño. Ya de nada le servía. Ahora solamente era mitad adulto.

Después de haber abierto y cerrado por lo menos cinco libros en busca de algún fragmento que distrajera su mente y lo calmase de su constante angustia, Constantin tomó finamente la Biblia. Mantenía una pila de libros, a un lado del catre en el que descansaba, sobre un pequeño banco cuadrado de madera, que intuía había sido creado mucho tiempo antes. Era firme como su carácter, podría decir, y también contaba con marcadas grietas y vetas que distraían de la solidez natural con que contaba, tan similar a los sentimientos que anidaba. No buscaba compararse con el objeto a su lado, sin embargo la similitud se escapaba del mismo por sí sola y se detenía frente a él para mostrarse con absoluta gracia.

Abrió el libro espontáneamente, sin elegir ningún capítulo en particular, esperando así encontrar frente a sus ojos un pasaje que lo llevara a deambular por el valle de la serenidad y lo liberase de sus pensamientos contradictorios. Antes de bajar la mirada y posar sus ojos sobre las palabras escritas, cerró el libro violentamente. Prefería la duda antes que la desilusión. Se sentó en el catre y arrojó el pesado libro a los pies del mismo.

Ya había abandonado el anhelo de consuelo en los libros unos minutos antes, saliendo de la biblioteca con la misma sólida inquietud que lo seguía día a día, y había caminado en dirección a su celda, recorriendo los lúgubres corredores del monasterio de San Marcos que se encontraban desiertos a esas horas de la noche. No quería irse a dormir. Odiaba tener que acostarse pero era necesario. Nadie podía sobrevivir a una vida noctámbula como la de él.

Como si formase parte de un ritual mecánico en su vida, siempre encendía una lámpara antes de cruzar los corredores. Prefería algo de luz para atravesar el monasterio en penumbras. Era su forma de revertir la molesta sensación que lo aquejaba, una molestia que no tenía recuerdo de cuando había comenzado pero que lo hacía sentir solo.

La última vez que había intentado llegar hasta su habitación a oscuras, había terminado corriendo hasta entrar desesperado por encender la lámpara, cerrar la puerta, mirar hacia todos los rincones en una severa inspección y con el corazón saliéndosele del pecho.

La verdad era que nunca había vuelto a sentirse completamente a salvo después de ese episodio. Había permanecido toda la noche tapado hasta el cuello, acurrucado sobre su catre y tratando una y otra vez de olvidar su miedo. Pero no podía. Cada vez que los párpados comenzaban a caer, pesados de tanto cansancio ante la vigilia de lo inesperado, volvía a escuchar esos ruidos, los de todas las noches.

Odiaba las noches porque durante su transcurso, la oscuridad tomaba vida y los sonidos surgían de la nada para quedarse, instalados detrás de la puerta de su celda, golpeando para entrar.

Podía sentir como su piel se encrespaba hasta causarle un dolor irritante, y su mente repitiéndole que estaban cerca, muy cerca y que no lo dejarían en paz. Querían algo de él pero no sabía que cosa era aquello que buscaban cada noche. Lo perseguían hasta en sus sueños pero nunca le decían qué era lo que estaban buscando.

Se reconoció como un adulto con el miedo de un niño. También con las intuiciones de un niño que puede asegurar que por debajo de su cama está siendo planeada una operación para atacar a un alma, quizás la suya, por fuerzas desconocidas, macabras y mucho más violentas de lo que podía imaginar.

Revolvió en su mente  hasta encontrar el razonamiento que le explicaba que sólo se trataba de una manía, un recuerdo infantil frustrante que había sido reprimido y lo angustiaba al punto de impedirle actuar normalmente, una negativa inconsciente que no lo dejaba avanzar. Sabía que la solución estaba en enfrentar su miedo para tomar confianza. Cada vez que probase, que se sintiese seguro lo ayudaría para fortalecerse y así se curaría definitivamente. Debía desafiarlo de una vez por todas, verlo a la cara y dar por concluido el asunto.

Respiró hondo y regresó la mirada a la Biblia sobre los pies del catre. Midió la distancia que los separaba. Debía solamente estirar su brazo y volver los ojos a las palabras de consuelo. Sería rápido y seguro. Muy seguro. Sería el comienzo de la confianza en sí mismo y la aparición de un sentimiento de seguridad por lo menos mientras estuviese dentro de su celda. Sonrió nerviosamente. Por un instante sintió mucha satisfacción, coraje. Hacía mucho que no se sentía valiente, por lo menos en esa situación. Miró la lámpara posaba en el suelo. Su mandíbula tembló. No lanzaría ese soplido que apagaría la llama y lo dejaría sumergido en la oscuridad. No más tinieblas para él.

Entonces movió su brazo para iniciar el recorrido que lo llevaría hasta el libro de la palabra del que alberga la luz, al mismo tiempo que la llama cedió.

Oscuridad. Silencio. Empezó a escuchar como su respiración se hacía más fuerte, más pronunciada. Y no era la única que se escuchaba.

Estaba petrificado por la presencia de ese otro que se había posado sobre el catre a sus espaldas en un movimiento rápido, respirando muy cerca de su oído densamente, aire pesado.

Fue la primera vez en tantos años que recordaba el juramento que había hecho con su abuela, prometiéndole no perder su verdadera mitad, pero ya era tarde. Muy tarde. Tomó fuerzas y le preguntó con la voz ahogada y temblorosa:

―¿Por qué yo?

No hubo necesidad que ese otro contestara. La respuesta vino sola, contundente. Constantin lo había llamado.

Entonces ese otro se acercó aún más y pudo sentir sus dedos fríos de muerte sobre el hombro. La podredumbre de su ser ya se olía en el aire, contaminando sus pensamientos con nauseabunda sustancia. Era real.

En la oscuridad absoluta emitió un grito mudo al saber que ya no estaba en su celda. Ese era otro lugar donde no existen los muros ni las puertas de salida.

Sintió que se ahogaba, ya casi no podía respirar pero debía huir. Lentamente se puso de pie para ingresar al vacío mismo y comenzó a correr, desesperado porque sabía que de allí no se escapaba.

Nuevamente la respiración de aquel otro estaba junto a él. No detrás, ni delante, sino en todos lados, acorralándolo. Se detuvo. Entonces las lágrimas brotaron sin control, eran incontenibles tanto como su propia desesperación. Quería gritar pero su voz ya no existía. Sólo existían sus oídos para escuchar esa respiración cada vez más intensa, más cercana, abarcando todo a su alrededor.

Y en ese instante recordó aquel acontecimiento frustrante de su niñez, aquella noche en que se había enfrentado a quienes lo venían a buscar. Si esa vez no se lo habían llevado había sido sólo porque todavía conservaba su mitad más importante, gracias a la cual había podido escapar.

Se sintió vencido. ¿Dónde encontrar su otra mitad?

Y se lo llevaron a ese lugar donde todo es parte de la oscuridad y en donde nunca pudo dejar de pensar en una única cosa: él solo quería volver a la luz.

Prólogo de ‘La Insignia’

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